¡el sol, el sol!


Cuando va a llover, a mi anciana madre le duelen las piernas y yo me siento con ella a la camilla a esperar con fe las infalibles gotas y con esperanza los primeros rayos de sol. Así ha transcurrido un largo invierno de lluvias tras el cristal y barrizales en la puerta, mientras yo me relamía al brasero o junto a la lumbre y ella  aleteaba inquieta en su sillón.
Sin embargo este invierno ha sido largo, demasiado incluso para los gatos, pero no para mi madre. Desde ayer, al fin, un hermosísimo sol amarillo y brillante luce tras los cristales, cantan el cuco y la tórtola, las golondrinas se posan en el tendal, huelen las flores del ciruelo, no hay barro en la puerta y a mi viejita ya no le duelen las piernas, pero se niega a salir al jardín. Que no y que no. Y no sé qué hacer para convencerla, si mostrarle las zarpas, o rascarle las escamas  y comérmela.

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