El maestro


El primer día de clase había treinta y cinco alumnos en el aula.
El maestro era un hombre gordo, muy gordo. Pasó lista mientras iba diciendo los nombres, los alumnos se ponían de pie y él los miraba. Los pesaba con los ojos.
Una mañana el maestro les dijo a los alumnos:
Tenemos que hacer una huerta en la escuela y sembrar semillas de lechuga, porque la lechuga es muy rica para comerla en ensalada.
Los alumnos, en el fondo de la escuela, puntearon la tierra, sembraron semilla de lechuga y después regaron la tierra.
Pronto vamos a tener ensalada, dijo el maestro y preguntó: ¿a ustedes les gusta la ensalada? Treinta y cinco voces respondieron al mismo tiempo: Síiiiiiii...
Muy bien dijo el maestro.
Al día siguiente el maestro escribió en el pizarrón la letra A, la letra B, la letra C. Escribió todo el abecedario. Y los niños escribieron en el cuaderno desde la A, hasta la Z. Después, el maestro escribió en el pizarrón: uno más uno, igual a dos. Y los alumnos escribieron en el cuaderno: uno más uno, igual a dos. Los alumnos, todas las mañanas, después de izar la bandera y cantar el himno, regaban la huerta.
Una mañana el maestro sacó del portafolios un cuchillo y una piedra de afilar. Afiló el cuchillo en la piedra y mostró a los alumnos el cuchillo afilado.

 —Cu-chi-llo dijo, y agregó: C de cielo, U de un, CH de chicha, LL de llanto, O de orar.
En la huerta habían crecido plantas de lechuga. Sobre el pupitre del maestro había sal, pimienta, vinagre y aceite.
Al día siguiente, cuando el maestro pasó lista, había treinta y cuatro alumnos en el aula. Al otro día treinta y tres, al otro día treinta y dos. Hasta que quedó solo un alumno en el aula. Era muy flaco, pálido, con las orejas transparentes.
Una mañana llegó un inspector. Era un hombre con sombrero y bigotes. El maestro le sacó el sombrero, le afeitó los bigotes y se lo comió. Por suerte quedaba una planta de lechuga en la huerta. 

(el maestro, de Javier Villafañe

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