NO PASARÁN



Manifestarse en una ciudad como Salamanca es descorazonador para los pocos que acuden una, y otra, y otra vez y tantas veces haga falta. Y los demás los dejamos solos a la intemperie y desprotegidos, en una manifestación en la que el grito acaba siendo un pedo sin fuerza. Y quizá a fuerza de pedos no sea la manera más eficaz para acabar con esto, por eso creo que hay gente que ya no acude a las llamadas en una ciudad como ésta.

Y a lo mejor tampoco da resultado lo que me atrevo a proponer, pero creo que, puesto que hay poca gente dispuesta a salir a la calle, los pocos de aquí tenemos que empujar juntos en el lugar que más poder de convocatoria tenga. ¿No seríamos más eficaces si nos ponemos de acuerdo para empujar juntos en Madrid o en Lisboa, si conseguimos que se nos unan o nos unamos a otros juntos de aquí al lado. En fechas señaladas, meditadas,  estratégicamente calculadas. En eventos y lugares importantes para ellos. Actuando sin tregua ni descanso. Con un único grito o un silencio, pero al unísono?

Y muchas veces nos hemos preguntado cómo puede apoyar la  gente que no puede desplazarse. Creo que quizá formando grupos de barrio también se pueda hacer pupa a estos angelitos que nos desgobiernan. Y si esos grupos de barrio se interconectan quizá puedan ser aún más eficaces. Me pongo a imaginar seguimientos por turnos tipo cobrador del frac, o reporter tribulete de la 5 con cámara y micrófono de pega, o como ciudadanos con derecho a manifestar sus ideas pacíficamente. ¿A quién seguir machaconamente?, a los angelitos que guardan nuestros ahorros, nuestro derecho al trabajo, a la salud, a la cultura, a la educación, al ocio, a lo común, a participar de la gestión de la vida pública. ¿A quién seguir aquí? A los angelitos que guardan las cuatro esquinitas de esta santa ciudad. La guardan en diferido y en modo simulado, eso sí, pero también sus jefecillos de Madrid actúan en diferido y con simulación.
Y cuando imagino uno de esos grupos de barrio (un grupo que puede ser tan pequeñito como crecidos nos sintamos nosotros, uno a uno o juntos), coincidir con el banquero en una terraza, o con el político, o con otro que tenga poder y lo esté ejerciendo para medrar mientras machaca al personal, ese grupo pequeño o grande puede hacer  que dejen de disfrutar del paseo, del club, de la peluquería, de las tertulias y reuniones, del café... Puede ser que se les atragante la cebolleta del cóctel, el thé, el rulo,  el discurso, nuestra la hipoteca, o la vergüenza de verse señalados en su barrio. Sin violencia alguna, pero con tanta insistencia que los aísle hasta que no soporten la presión, hasta que se sientan solos, sin apoyos en la ciudad que ocupan.

Creo que así el miedo lo tendrían ellos. Creo en ello, firmemente, por eso sé que no pasarán.

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