El paladar de las palabras o cómo se organiza un libro



En no pocas ocasiones, al leer este o aquel libro, parece que aquella división que marcó dos formas de entender la creación literaria y que capitalizaron Góngora y Quevedo en el Barroco siga abriendo una brecha en la literatura todavía. Parece que hubiera escritores que hicieran avanzar sus textos en función del ritmo y las metáforas, y otros que lo hicieran paladeando las palabras una a una, buscando las que se asemejan, atrapando las que las recuerdan. Los primeros seguirían la senda de Góngora. Los segundos, la de Quevedo. Isabel Castaño, en su órfica obra 22 granos de arroz, sigue la senda de Quevedo, como lo hiciera Camilo José Cela a quien tanto recuerdan muchas de estas historias dialogadas.

Los 22 granos de arroz, no son otros que 22 letras del alfabeto. ¿Por qué 22? Número avícola por excelencia si atendemos el decir de las canciones infantiles ‘el 2 es un patito’, no podían ser más de 22 los granos porque en el 2 subyace el ave, que es convocada a lo largo del libro, la gallina, y cuya presencia se hace omnipresente en las hermosas, en su simplicidad, ilustraciones que acompañan los textos. Ya que lo tenemos entre las manos es un auténtico ‘gallinero’. Sin embargo, el libro no empieza por la A de ave o de arroz como podríamos esperar a partir del título, sino por la ‘A de absolución’, lo que nos da la pista de que el juego va en serio y que el libro tendrá enjundia, pese a su formato peculiar. Un sobre que recuerda los antiguos paquetes de papel de los ultramarinos, cuando las legumbres y los cereales se vendían al peso, y las páginas del libro en papel de estraza. Materiales nada gratuitos porque en no pocas de las historias, la cita que las precede, entronca con la época en que aún existían los ultramarinos. Pero ¿por qué ‘arroz’ y no ‘trigo’? la explicación nos la da la autora antes del inicio: ’un niño, que no me dijo su nombre pero me enseñó la palabra más larga que conocía: arroz, que empieza en la ‘a’ y termina en la ‘z’. Esta explicación nos da ya el tono del libro: puro juego verbal. Juego que invadirá la estructura del libro y hará germinar las historias.
Pero desvelemos el tema de los 22 granos.

¿Qué criterio sigue Castaño para desembarazarse de las letras del alfabeto que le sobran habida cuenta que nuestro alfabeto cuenta con 29 letras? Unas veces se acoge a la grafía, obviando la fonética, como en N de nieve y niñas donde engloba la N y la Ñ en la misma historia; y otras veces asocia grafías por similitud fonética, así sucede en K de qué kilos de cruz donde la grafía da lo mismo, lo que importa es el fonema, o en B de bordados y vainicas. Otras veces la osadía es la fusión de ambos criterios: asocia por la grafía y basándose en un criterio puramente fonético: la palatalización; es el caso de L de lajeros, lluvia y yanquis. Hay una ausencia, que si bien se observa, es una elisión de orden político. La W es apenas una letra castellana. Se incorpora tarde al alfabeto, tras los visigodos, y en la actualidad sigue siendo una letra que sólo aparece en las palabras de origen extranjero, inglesas o alemanas. En el gallinero de Castaño queda claro que sus gallinas comen castellano de pura cepa, no español. El empeño de Castaño en este recurso al alfabeto le sirve para dos cosas: uno, para organizar sus relatos; dos, para construir sus textos. ¿Cómo una letra puede determinar el orden de los relatos o puede hacer posible la creación de un texto? Pues porque existen los tautogramas. De origen latino, han sido usados fundamentalmente en poesía. Castaño los llevará a la prosa, ya que todas y cada una de las palabras que compongan la historia empezarán con la misma letra. Y lo consigue, con las libertades antes expresadas para cuadrar en 22 los granos de arroz, que no pueden ser de trigo, porque ‘arroz’ forma parte del palíndromo más famoso ‘DÁBALE ARROZ A LA ZORRA EL ABAD’, que podemos leer igual de izquierda a derecha. Y el inocente ‘arroz’ de nuestro título, he aquí que se transforma en ‘zorra’, por lo que ya tenemos el gallinero completo. Como no podía ser de otro modo, donde hay gallinas hay gallos, y donde hay gallos hay pelea…, así pues, el menú está servido: historias de amor, de pecado, de desamor, de soledad, de truanes o de iglesia recorren las páginas de estos SONARG 22 ED ZORRA, de OÑATSAC LEBASI, su verdadera autora.


(por Emilia Oliva. en sentido figurado/revista literaria. año 5/número 4. mayo/junio 2012)

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